Me podía peguntar por qué trasplanté tantos árboles y plantas. ¿Qué me llevó a semejante trabajo y a asumir el riesgo que las plantas no sobrevivieran al cambio? La respuesta tiene tres aspectos fundamentales: el bien de las plantas, el aspecto o diseño total de mi jardín y el daño que alguno de los árboles trasplantados estaba causando al césped. Trataré cada uno de estos aspectos en otro momento. Hoy quiero dedicarme al tema del trasplante y lo que yo he aprendido al hacerlo.

Puedo decir que tengo experiencia con el trasplante de varios árboles, plátano, acacia, magnolio, pruno y los arbustos cotoneaster, celinda, rosal y durillo. El primer árbol que moví fue el plátano (con ayuda claro, pues el cepellón podía pesar más de 100 kilos). Este árbol ya tenía problemas antes del cambio. En el vivero me dijeron que probablemente las raíces se estaban pudriendo por tener demasiada agua, pues estaba plantado entre el césped y tenía su propio goteo además de recibir el agua de los aspersores que regaban el césped.

Lo trasplanté en invierno y sin buscar muchos consejos. Lo saqué de la tierra donde estaba, hice un hoyo en el lugar que quería ponerlo y allí lo planté. En la primavera echó algunas hojas, pero con el mismo aspecto pobre y retorcido que tenían antes de trasplantarlo. En el otoño podé las ramas y lo dejé otro año a ver si se recuperaba. Al no ver mejora, al siguiente invierno lo arranqué y me deshice de él.

En el primer lugar del plátano había puesto una acacia preciosa. Como me habían advertido en el vivero que no la regara demasiado para que no se pudrieran las raíces hice caso a sus consejos. El resultado fue que la acacia echó raíces muy superficiales que se chupaban el agua del riego del césped. Con el tiempo empezaron a salir pequeñas acacias por doquier mientras en el césped aparecían nuevas calvas constantemente. También moví este árbol, pero esta vez a la parcela comunitaria, fuera de mi parcela y mi césped. También moví un cotoneaster porque cada bolita que caía al césped se convertía en una plantita nueva y no daba abasto quitándolas. El cotoneaster perdió todas las hojas y al año siguiente no las recuperó. Pensé que me había quedado sin él definitivamente.

Con estas experiencias decidí mover un magnolio, que también había echado raíces superficiales y me estaba deteriorando el césped y un durillo que se había hecho muy grande y no quedaba bien en donde estaba. También decidí cambiar de sitio un pruno, una celinda y algunos rosales. Antes, eso sí, busque información para ver cuando y como hacerlo.

La mejor época según la información que encontré es el invierno cuando las raíces están en reposo y así sufren menos. Los moví en enero. Para asegurarme que no tendría problemas con las raíces que buscaran el agua del riego y matan el césped, decidí poner un pruno en el lugar del magnolio. El pruno es un árbol pequeño con pocas raíces—de hecho lo trasplanté a raíz desnuda y ahora está precioso.

Antes de mover los arboles les hice una poda bastante consistente. Se supone que el cepellón no debe ser menor que la copa del árbol para que no tire demasiado de las raíces y se seque el árbol. Tuve que rebajar las copas cortando una buena cantidad de ramas. En el hoyo de plantación de puse un activador de raíces mezclándolo con la tierra sobre la que iba a instalar el árbol y asegurarme un buen enraizamiento en el nuevo sitio. También he puesto bordura alrededor del cepellón de los árboles trasplantados para que las raíces no puedan subir a la superficie y matar el césped, y goteo para que no tenga necesidad del agua del riego del césped. Hoy puedo decir con satisfacción que el resultado total ha sido bastante bueno.